Leyendas Mexicanas – La Leyenda del Fuego

La Leyenda del FuegoHace muchos años los huicholes no tenían el fuego y, por las noches de invierno, cuando el frío descargaba sus rigores en todos los confines de la sierra, hombres y mujeres, niños y ancianos, padecían mucho. Sólo deseaban que las noches terminaran pronto para que el sol, con sus caricias, les diera el calor que tanto necesitaban. No sabían cultivar la tierra y habitaban en cuevas o en los árboles.

Entonces el tlacuache, declaró:

-Yo, tlacuache, me comprometo a traer el fuego. Sólo les pido una cosa, que cuando me vean venir con el fuego, entre todos me ayuden a alimentarlo. Al atardecer, el tlacuachito se acercó cuidadosamente al campamento de los enemigos de los huicholes y se hizo bola. Así pasó siete días sin moverse y el séptimo día, aprovechando que sólo el tigre estaba despierto, se fue rodando hasta la hoguera. Al llegar, metió la cola y una llama enorme iluminó el campamento. Con el hocico tomó una brasa y se alejó rápidamente. Al principio, el tigre creyó que la cola del tlacuache era un leño; pero cuando lo vio correr, empezó la persecución. El tigre anduvo mucho sin encontrarlo, hasta que por fin lo halló echado de espaldas, con las patas apoyadas contra una peña. El tigre saltó hacia el tlacuache, decidido a vengar todos los agravios.

-Pero, ¿no ves acaso que estoy sosteniendo el cielo? -le dijo el tlacuache-.

Ya casi se nos viene encima y nos aplasta a todos. Podrías mejor ayudarme, quedándote en mi sitio mientras yo voy por una tranca. De esa manera estamos salvados. El tigre, muy asustado, aceptó colocarse en la misma posición en la que estaba el tlacuache, apoyando las patas contra la peña.

El tlacuache salió disparado, mientras el tigre se quedaba ahí, patas arriba.

Y esperó, sin moverse. Pero pronto ya no pudo más.

-Me voy aunque el cielo se venga abajo -pensó y se levantó rápidamente.

Se asombró de ver que no pasaba nada, que las cosas seguían en su sitio.

El tlacuache lo había engañado otra vez. Salió a buscarlo enfurecido. Lo encontró en la punta de un peñasco, comiendo maíz, a la luz de la luna llena. En cuanto el tlacuache lo vio venir, hizo como que contaba los granos y se apresuró a decirle:

-¿Ves esa casa que está allá abajo? Ahí venden ricos quesos, podemos comprar muchos con este dinero.

-Pero no veo cómo llegaremos a esa casa.

-Cuestión de pegar un salto.

-Bueno, saltemos juntos. No vaya a ser que te quedes aquí arriba o que llegues primero abajo y te escapes.

Mientras el tigre recogió los granos de maí, pensando que eran dinero, el tlacuache aprovechó para encajar su cola en una grieta, sin que el otro se diera cuenta. Los dos se pararon en el borde de la peña. Cuando el tigre dijo: “¡ya!”, el tlacuache saltó pero no se movió de su sitio pues tenía la cola encajada. El tigre pegó un gran brinco y voló derechito hacia la luna llena, hasta desaparecer. Por fin, herido y exhausto, el tlacuache llegó hasta el lugar donde estaba los otros animales y los huicholes. Allí, ante el asombro y la alegría de todos, depositó la brasa. Todos sabían que tenían que actuar rápidamente para que el fuego sobreviviera. Así que levantaron al fuego, lo apapacharon y lo alimentaron. Pronto creció una hermosa llama. Después de curar a su bienhechor, los huicholes bailaron felices toda la noche. El generoso animal, que tantas peripecias pasó para siempre proporcionarles el fuego, perdió para siempre el pelo de su cola; pero vivió contento porque hizo un gran beneficio al pueblo. En cambio, cuenta la gente que el tigre fue a caer en la luna y que todavía se le puede ver ahí de noche, parado con el hocico abierto.

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El Pájaro Dziú – Leyenda Maya.

 

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